Ocurrido en mi consulta hace unos días.
Señora de mediana edad, paciente mía desde hace unos años, que acude a revisión semestral. Se trata de una mujer vitalista, muy activa, supertrabajadora en su casa y organizadora de toda su familia hijos, hijas, nietos y niatas. Viene acompañada por su marido, un hombre educado, ya jubilado después de toda una vida de trabajo, callado. Ella me trae unas pruebas médicas y unos análisis que están completamente normales. La exploración física es normal. Pero su discurso es muy conocido por mi: “estoy muy cansada todo el día, despierto agotada, no puedo tirar de mi cuerpo, las vitaminas que tomo no me hacen efecto, no tengo ganas de hacer cosas, ni de la casa, ni de salir, ni de irme a la playa… no se lo que me pasa…” “¿Qué es lo que tengo?” “¿Cómo se cura esto?”
Eso me lo pregunta una mujer todavía joven y muy guapa a pesar de pasar con creces el medio siglo, con salud suficiente y comprobada, con un nivel socio-cultural alto, con hijos e hijas sanos y con empleos, con preciosos nietos, con un marido tranquilo y bonachón, con buenos amigos y amigas.
No se porqué lo dije pero me salió del alma. Supongo que se lo dije por la confianza que tenemos ya de muchos años de relación medico-paciente, porque tenemos una relación fuera de la consulta de amistad sincera, casi familiar. Me quede unos segundos pensando y se lo dije: “ Mira, eso se cura… con dinero”.
Se hizo un silencio sepulcral, pero aguanté la mirada de sorpresa de los dos, muy serios. Fue el marido el que imperceptiblemente comenzó a asentir con la cabeza y ella, con su cara de sorpresa, tuvo un destello húmedo en sus ojos.
“Mira Fulanita, yo veo unos cuantos cientos de pacientes todos los meses. Muchos de ellos los sigo desde hace años como médico, otros son pacientes nuevos de unos meses aquí. Desde hace dos años mas o menos los síntomas mas frecuentes que se repiten en casi todos los que se sientan en esas sillas donde estas tu ahora son los mismos: cansancio, agotamiento, desgana, desidia… síntomas que casi nunca obedecen a un trastorno orgánico, a una patología objetibable y fundamentada, a un problema evidente, tangible…”
“Muchos de estos pacientes, hombres y mujeres, eran personas, como tu, activos, con ganas de trabajar, empresarios, industriales, comerciantes, licenciados, maestros, funcionarios… ahora todos padecen los mismos síntomas: astenia, cansancio, agotamiento…”
“Te aseguro que son síntomas que no obedecen a una epidemia producida por un patógeno desconocido para la Ciencia. Son síntomas mas bien originados por un “patógeno” bien conocido por todos los españoles…”
Ella me miraba cada vez con mas relajación en la cara y en sus facciones. “Que razón tienes -me dijo- a lo mejor lo que me pasa es que estábamos acostumbrados a tener unos ahorrillos con los que podía ayudar a cualquier hijo que lo necesitara, a hacer un regalito a cualquier nieto o nieta, a poder irme con ellos a la playa y llenarles la nevera o invitarlos a todos a comer sardinas o paella en el chiringuito…”
Estas últimas palabras ya eran con muchas muchas lágrimas cayendo por las mejillas…