Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

domingo, 17 de enero de 2021

Adiós 2020...

Se fue por fin este 2020 que llegó cargado de incertidumbres y de malos presagios con esas noticias de la China tan preocupantes y que se fueron convirtiendo en la realidad de esta pandemia que sufrimos por el virus SRAS-Cov.2 que está asolando el planeta. 

En el 2020 la pandemia ha dejado unos dos millones de muertos en todo el mundo; en España vamos por más de 50.000 fallecidos (según el Ministerio de Sanidad...), y ahora al parecer estamos iniciando la tercera ola de esta epidemia vírica que nos tiene acobardados y cada vez más asustados por el incierto futuro qué se avecina tanto sanitario como económico. 

Mi más sentido pésame a todas las familias de los fallecidos y mi apoyo solidario a los pacientes que ahora sufren la enfermedad o padecen sus secuelas. Espero que la salud gane por fin la batalla durante este 2021 recién inaugurado. 

Pero, aunque siempre recordaremos el 2020 como el año del dolor y el sufrimiento por el Covid, también debemos recordarlo por el gran esfuerzo realizado por los profesionales y proveedores de salud que se dedican al cuidado de los pacientes en todos los ámbitos, hospitales, ambulatorios, consultas presenciales o teleasistencia, por como han combatido a la enfermedad, al principio sin medios o con muy precarios medios anti-contagios, con verdadero espíritu vocacional médico-sanitario sin tener en cuenta riesgos, ni horarios ni calendarios, a veces a costa de su propia vida. Mi admiración, respeto y honor para todos los sanitarios, algunos de los fallecidos compañeros de trabajo a diario. Mi admiración eterna por ellos, héroes. 

El año 2020 debe ser recordado también mundialmente por ser el año de la Ciencia. Nunca antes la comunidad científica internacional se había implicado de esta forma tan universal y productiva, donde médicos, biólogos, bioquímicos, físicos, químicos, ingenieros, informáticos y muchos otros científicos, apoyados por la industria farmacéutica, han trabajado a destajo durante este año para que -en un tiempo inimaginable hace pocos años- dispongamos actualmente de las preciadas vacunas que son la esperanza de la Salud global y el camino más recto para alcanzar la deseada normalidad en nuestras vidas. 

Pero a nivel nacional el 2020 debe ser recordado por todos los españoles como el Año de la Infamia. Infamia de un Gobierno encabezado por un presidente vil y perturbado, unos vicepresidentes inútiles y dañinos con unos ministros desnortados y todos perdidos en la barbarie de sus propias mentiras y contradicciones.

Desde que empezó la pandemia en España no han parado de equivocarse en la toma de decisiones – a las estadísticas me remito- causando gran daño a los españoles con su actitud prepotente y falta de criterio sanitario y social; han mentido tanto y con tanta frecuencia que ya no recuerdan ni sus propias mentiras. Se disputan las noticias falsas y se contradicen entre ellos sin el más mínimo atisbo de vergüenza. Nos mienten hasta en el número total de fallecidos. Su afán por perpetuarse en el poder está muy por encima de su raciocinio. Ese es el gran peligro que corremos todos los españoles. 

Porque no hace falta que les recuerde las medidas políticas y económicas que durante este 2020 y aprovechándose de las circunstancias – estado de alarma y confinamiento- este “gobierno” ha llevado a cabo, desde el mismo presidente erigirse en “Mi Persona” queriendo suplantar al Rey (¡que ridículo más espantoso!), colocar a sus amiguetes y allegados con enchufes de alto voltaje, no querer dar cuentas de usos y gastos del Falcon y ocios variados, hasta “dormir” a pierna suelta con Podemos, con Bildu y con los independentistas catalanes y vascos. Un psicópata de libro no lo bordaría igual. 

En el año 2020, Podemos, que tiene el control de la política Fiscal, aplica subidas de impuestos directos e indirectos sin el más mínimo rubor, aunque hace unos años cuando Pablo Iglesias era un don nadie con coleta, proclamaba exactamente lo contrario. Véase la factura de la luz, por ejemplo. Ahora sigue siendo un don nadie con coleta, pero con casoplón y guardaespaldas. 

En el año 2020 el gobierno ha pactado con Bildu, herederos de los asesinos de ETA aún con las manos manchadas de sangre, aceptando las condiciones impuestas por estos abertzales tragando con la política de acercamiento de presos y excarcelaciones. Traición.

En el año 2020 el gobierno ha pactado con ERC, e independentista catalanes y vascos, aceptando las condiciones traidoras de los que quieren desgarrarse de España porque nos consideran inferiores -no quieren ni que sus hijos sepan hablar español- y este “gobierno” los ampara y financia. Y a los encarcelados por sedición pretende indultarlos lo antes posible. Injusticia.

El año 2020 es el año qué durante una epidemia devastadora, el “gobierno”, de manera traidora ruin y vil, se ha burlado de todos los españoles tanto sanitariamente con Don Illa y Don Simón (Mortadelo y Filemón), como social y políticamente aceptando el chantaje de sus “socios” y compañeros de viaje a ninguna parte. Los propios barones “socialistas” han referido que se tuvieron que tragar muchas de estas medidas con ayuda de antieméticos… Una vergüenza sin paliativos para todos los españoles. 

Y todo lo anterior solo tiene un único objetivo: mantenerse en el poder también en este año 2021. 

Que Dios nos ampare.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Mi padre y yo.

El día tenía que llegar. Mi padre murió con 64 años, 5 meses y 10 días… y ya tengo esa edad desde ayer. He dejado pasar un día, por aquello de decirlo con absoluta seguridad. Ya hace 26 años y pico, casi 27. 

Cuando una mañana del 23 de junio le reventó la arteria aorta y se murió de madrugada en un frio quirófano sin despertarse de la anestesia, donde buenos cirujanos intentaban recomponer lo descompuesto, yo sentí de nuevo la venida de la Muerte. 

La primera vez era un niño de 9 años cuando se murió mi hermanita Reyes, también sin avisar, muerte que aún me deja una huella imborrable. Muchas veces la imagino como estaría ahora, le hablo y le digo que la quiero, la echo de menos. 

Pero tal día como hace 27 años, cuando se llevaron a mi padre al quirófano, y me despedí de el con un beso y recibí una sonrisa de paz y serenidad, sabía que no volvería a verlo vivo. Me fui a mi casa, me tumbé en la cama y me quedé “congelado”. No sé si ustedes han tenido alguna vez esa sensación de sentimientos congelados, ni miedo, ni pena, ni angustia, ni ansiedad… tan solo esperar absolutamente aislado, inmóvil, frio, hierático, esa llamada de teléfono en medio de la noche que de sobra sabía que era para decirme que mi padre estaba muerto. Y seguí congelado mucho tiempo después. 

Mi padre era un hombre sano y deportista, yo creo que se murió de estrés por estirar demasiado la cuerda rígida-elástica que llevaba en su interior. Alguna vez antes de morir me dejó caer que le gustaría conocer Chile, que sabía que era un país de gente tranquila aficionada a la guitarra y con buen son, una costa llena de pesca y sierras de cacería abundante. 

Yo creo que no lloré a mi padre. En cierto modo y por circunstancias personales la muerte repentina de mi padre fue como la solución lógica de un jeroglífico enrevesado. Para mi, mi padre se había marchado a Chile y ya veríamos cuando volvería, pero de momento estaba bien adonde estaba. Esta sensación es la que sigo teniendo a día de hoy. Mi padre está bien. Igual ya se ha mudado de ubicación porque es un poco aventurero y está buscando, a la vejez, nuevos perdederos. Sé que descansa en paz. 

También sé que cuando se aparece en mis sueños para aconsejarme o reñirme esta igual o más joven que cuando lo dejé, con muy buen ánimo, siempre junto a mi madre, y siempre con esa sonrisa de sabio golfo y experto. Porque os puedo asegurar que 64 años en la vida de mi padre son como muchos muchos muchos más años en la vida de cualquiera, yo el primero. Nunca pude compararme con mi padre. Ya quisiera yo tener sus habilidades y vivir con esa intensidad. 

Muchas veces cuando me hablan de cacerías o de pesca, tengo que disimular y mirar para otro lado porque veo la cara de mi padre disfrutando en el campo tirando zorzales o en El Rompido llenando el barco de robalos o corvinas, y con la mirada me dice que no cuente nada, que me calle, que qué le importa a nadie lo que hemos vivido…

Está claro que me gustaría haberlo tenido con nosotros unos cuantos años mas para que hubiera conocido a todos sus bisnietos/tas – estaría contento de conocer a Celsa, a Celsito IV y a todos por supuesto- porque le encantaba educar a los niños pequeños para enseñarlos a ser valientes y a la vez sensatos, a ser libres y respetuosos, a remar contra corriente y llegar siempre a buen puerto, a ser personas de bien. 

Ojalá (Dios quiera) que cuando me reviente lo que me tenga que reventar, mi padre y todas las personas que quiero me estén esperando en ese cielo que sueño.

Te quiero padre.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Pragmatismo y Coronavirus

La epidemia nos está poniendo en nuestro lugar. A cada uno. A muchos jóvenes parece que les importa menos la salud global que el ocio personal; a los menos jóvenes nos tiene metidos en casa y con la mosca detrás de la oreja; y a los veteranos desgraciadamente los tiene aislados y aterrorizados. 

El virus se comporta como lo que es: un trozo de ARN sin cerebro que no atiende a razones ni a corazones y parece que se entretiene jugando a la ruleta de la fortuna con nuestros organismos. A ti una gripecita, a ti una neumonía, para ti un distres respiratorio y para usted una tormenta de citoquinas, se siente… Bueno, pero para su señora tan solo un dolor de cabeza y quince días sin olfato. A ustedes me los voy a saltar que no tengo ganas de infectaros, o mejor, os regalo anticuerpos protectores por la misma cara… Misterios de la genética inmunitaria. 

Ante este virus caprichoso y enigmático que no atiende a razones individuales, solo podemos echar las cuentas de los grandes números, las cuentas de las estadísticas. Y ni siquiera con esas cuentas somos capaces de acertar y predecir como se va a comportar el coronavirus bautizado SARS COV.2 en los próximos meses o años. 

De ahí que toda la comunidad científica internacional, las Sociedades Médicas, los laboratorios microbiólogos, farmacológicos, epidemiólogos y expertos mundiales en Salud Pública tengan que adoptar una actitud pragmática como única forma de racionalizar lo que está sucediendo con esta pandemia. 

Por eso ha sido necesario desechar antiguas teorías de comportamientos de virus similares, no basar el trabajo de campo en especulaciones, y aceptar que lo más importante es atender a la evidencia pura y dura, a la práctica clínica recién amasada y evidenciada en cada uno de los pacientes que hemos ido tratando. Esta medicina parece que sirve como tratamiento… hasta que la evidencia demuestra que no. Esta otra que se usa para otros virus la vamos a probar, pero no sabemos si va a servir o no hasta que podamos contemplar estadísticamente los resultados. Con esta otra vamos a probar por si acaso… 

Precisamente de esta manera pragmática sabemos que usando tratamientos sintomáticos (que no se usaron al principio por desconocimiento) como son los corticoides y la heparina, muchos pacientes mejoran sus síntomas y se evitan muchas complicaciones posteriores. Prueba, error, acierto, práctica, eficacia, utilidad… pero no evitan la demoledora pandemia. Creo que el pragmatismo se asocia filosóficamente a la lógica, lo que nos lleva a la realidad sin teorías especulativas que en Medicina nunca han sido muy beneficiosas para los pacientes. 

Los médicos buscamos resultados prácticos, es decir que curen, que salven vidas y por eso es importante que seamos pragmáticos en esta lucha contra el virus. 

Las dos líneas de trabajo científico práctico mas prometedoras en este sentido son las vacunas que están a punto de ser utilizadas y los anticuerpos monoclonales. Estos últimos son anticuerpos específicos contra el coronavirus que están intentando ser sintetizados en el laboratorio y serán eficaces para la enfermedad activa, administrándose de forma intravenosa con objeto de neutralizar al virus dentro del organismo, evitando su replicación y la consiguiente inflamación y destrucción de nuestros tejidos. Pero no evitan la enfermedad. 

Las vacunas que están a punto de llegar tienen otro mecanismo de acción. Al ser vacunados, nuestro organismo va a fabricar sus propios anticuerpos específicos protectores antes de estar en contacto con el coronavirus, de forma qué al recibir el inóculo contagioso viral, este sea rechazado inmediatamente por los anticuerpos anti-covid y no se desarrolle la enfermedad. Las vacunas van a inducir inmunidad adquirida (por diversos mecanismos inmuno-histoquímicos), esperemos qué de forma eficaz, duradera y con los mínimos efectos secundarios. 

¿Me preguntan si yo me vacunaré? El primero si pudiera. Olvídense de teorías conspiratorias anti-vacunas y sean ustedes prácticos. 

Confío en la ciencia. Si todos laboratorios importantes del mundo y toda la comunidad científica se ha implicado en la lucha contra este virus pandémico y en un año desde su misteriosa aparición nos ofrecen la posibilidad de vacunar a mi madre de 88 años y asilada-aislada hace 10 meses y a tantos ancianos como ella, de vacunar a mis compañeros médicos y sanitarios que arriesgan día a día sus vidas en Urgencias y en las plantas de los hospitales (entre ellos mi hija Ana), en definitiva de vacunar a toda la población susceptible y de acabar con tantas muertes y con tanto sufrimiento, tanto dolor y tanta ruina social y económica… 

Tenemos que ser pragmáticos humanamente, biológicamente, filosóficamente y cientificamente para recibir con los brazos abiertos estas vacunas fruto de tanto esfuerzo de investigación internacional y tantos ensayos clínicos que evidencian que estamos en el camino correcto de vencer al coronavirus.

Publicado en ABC de Sevilla el 01/12/2020

domingo, 15 de noviembre de 2020

El factor X... Pandemia y Civismo.

Copio completo este articulo publicado en El País, suplemento “ideas” el 25 de octubre de 2020.


El factor x, pandemia y civismo
Por Byung-Chi Han.

A la pregunta de cómo ha podido combatir Japón la pandemia con tanto éxito en comparación con Occidente, el ministro de Economía japonés, Taro Aso, de mentalidad nacionalista, respondió concisamente con la palabra mindo, que literalmente significa “nivel de las personas”. El término no deja de ser problemático, pues en Japón se emplea también para señalar su superioridad nacional. Mindo se puede traducir como “nivel cultural”.

Esta declaración del ministro de Economía ha suscitado controversias incluso en Japón. Le han reprochado que se dedique a propagar un chovinismo nacional precisamente en una época en la que es más necesaria que nunca la solidaridad mundial. Pero, frente a sus críticos, Aso defiende su postura de que los japoneses acataron animosamente las rigurosas medidas higiénicas, a pesar de que el Gobierno no tenía previstas multas contra las infracciones. En otros países la gente no podría comportarse así, seguía diciendo Aso, ni siquiera aunque la obligaran.

Antes que nada, hay que decir que no solo Japón, sino también otros países asiáticos como China, Corea del Sur, Taiwán, Singapur o Hong Kong, han logrado seguir manteniendo controlada la pandemia. Europa y Estados Unidos, por el contrario, se están viendo realmente desbordados en estos momentos por la segunda ola de contagios. En Asia prácticamente no ha habido reinfecciones. Las cifras de contagios actuales son tan bajas que se pueden desdeñar. Son precisamente estos países los que demuestran que podemos hacer frente a la pandemia con éxito incluso aunque no dispongamos de una vacuna. Mientras tanto, los asiáticos observan con incrédulo pasmo el desvalimiento con el que los europeos quedan a merced del virus y la impotencia con la que los Gobiernos europeos tratan de combatir la pandemia.

En vista de tan llamativas diferencias en los índices de contagio, resulta casi inevitable preguntarse qué hace Asia que no haga Europa. Que China haya podido contener con éxito la pandemia se puede explicar en parte porque allí el individuo está sometido a una vigilancia rigurosa, que en Occidente sería inconcebible. Pero Corea del Sur y Japón son democracias. En estos países no es posible un totalitarismo digital al estilo de China. Sin embargo, en Corea se hace un implacable seguimiento digital de los contactos, que no es competencia de los ministerios de salud, sino de la policía. El rastreo de contactos se hace con métodos tecnológicos propios de criminalística. También la aplicación Corona-App, que todos sin excepción se han descargado en sus smartphones aunque no sea obligatoria, trabaja de forma muy precisa y fiable. Cuando los seguimientos de contactos no pueden ser exhaustivos, se analizan también los pagos con tarjeta de crédito y las imágenes captadas por las innumerables cámaras públicas de vigilancia.

¿La exitosa contención de la pandemia en Asia se debe pues —como muchos en Occidente suponen— a un régimen de higiene que actúa rigurosamente y que recurre a la vigilancia digital? Evidentemente, no. 

Como sabemos, el coronavirus se transmite por contactos estrechos y cualquier infectado puede especificarlos por sí mismo sin necesidad de estar sometido a vigilancia digital. Entre tanto, ya sabemos que para que se produzcan cadenas de contagios no es tan relevante quién ha estado brevemente dónde y cuándo ni quién ha ido por qué calles. 

¿Pero cómo se explica entonces que, con independencia del sistema político de los respectivos países, los índices de contagio en Asia se hayan mantenido tan bajos? ¿Qué une a China con Japón o Corea del Sur? ¿Qué hacen Taiwán, Hong Kong o Singapur de forma distinta de nuestros países europeos? Los virólogos especulan sobre las causas de que las cifras de contagio en Asia sean tan bajas. El premio Nobel de Medicina japonés Shinya Yamanaka habla de un “factor X” que es difícilmente explicable.

Es incuestionable que el liberalismo occidental no puede imponer la vigilancia individual en plan chino. Y mejor que sea así. El virus no debe minar el liberalismo. Sin embargo, también en Occidente olvidamos enseguida la preocupación por la esfera privada en cuanto empezamos a movernos por las redes sociales. Todo el mundo se desnuda impúdicamente. Plataformas digitales como Google o Facebook tienen un acceso irrestricto a la esfera privada. Google lee y analiza correos electrónicos sin que nadie se queje de ello. China no es el único país que recaba datos de sus ciudadanos con el objetivo de controlarlos y disciplinarlos. El procedimiento de scoring o calificación crediticia social en China se basa en los mismos algoritmos que los sistemas occidentales de evaluación del crédito, como FICO en Estados Unidos o Schufa en Alemania. Mirándolo así, la vigilancia panóptica no es un fenómeno exclusivamente chino. En vista de la vigilancia digital, que de todos modos se hace ya en todas partes, el seguimiento anonimizado de contactos a través de la aplicación Corona-App sería algo del todo inofensivo. Pero muy probablemente el seguimiento digital de contactos no sea el motivo principal de que los asiáticos hayan tenido tanto éxito combatiendo la pandemia.

La palabra que empleó el ministro de economía japonés contiene, pese a todo —si le quitamos su inoportuna connotación nacionalista— un punto de verdad. Señala la importancia del civismo, de la acción conjunta en una crisis pandémica. Cuando las personas acatan voluntariamente las reglas higiénicas, no hacen falta controles ni medidas forzosas, que tan costosas son en términos de personal y de tiempo.

Se cuenta que, durante las catastróficas inundaciones de 1962, Helmut Schmidt, que en aquella época dirigía la Consejería de Policía de Hamburgo, dijo: “Es en las crisis donde se muestra el carácter”. Parece ser que Europa no está logrando mostrar carácter ante la crisis. Lo que el liberalismo occidental muestra en la pandemia es, más bien, debilidad. El liberalismo parece incluso propiciar la decadencia del civismo. Justamente esta situación nos enseña lo importante que es el civismo. 

Que grupos de adolescentes celebren fiestas ilegales en plena pandemia, que se acose, se escupa o se tosa a los policías que tratan de disolverlas, que la gente ya no confíe en el Estado, son muestras de la decadencia del civismo. Paradójicamente tienen más libertad los asiáticos, que acatan voluntariamente las severas normas higiénicas. Ni en Japón ni en Corea se ha decretado el cierre total ni el confinamiento. También los daños económicos son mucho menores que en Europa. La paradoja de la pandemia consiste en que uno acaba teniendo más libertad si se impone voluntariamente restricciones a sí mismo. Quien rechaza por ejemplo el uso de mascarillas como un atentado a la libertad acaba teniendo al final menos libertad.

Los países asiáticos no tienen mucho cuño liberal. Por eso son poco comprensivos y tolerantes con las divergencias individuales. De ahí que los imperativos sociales tengan luego tanto peso. Ese es también el motivo por el que yo, siendo coreano de nacimiento, prefiero seguir viviendo en el foco de infección que es Berlín antes que en Seúl, por muy limpio de virus que esté. Pero hay que subrayar especialmente que los elevados índices de contagio durante la pandemia no son mera consecuencia natural de un estilo de vida liberal que tuviéramos que adoptar sin más. El civismo y la responsabilidad son armas liberales eficaces contra el virus. No es verdad que el liberalismo conduzca necesariamente a un individualismo vulgar y a un egoísmo que jueguen a favor del virus.

Nueva Zelanda es un país liberal que ha vencido ya por segunda vez a la pandemia. El éxito de los neozelandeses consiste también en la movilización del civismo. La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, hablaba enardecidamente del “equipo de cinco millones”. Su apasionada apelación al civismo tuvo muy buena acogida entre la población. Por el contrario, el desastre norteamericano se puede explicar porque Trump, llevado por su puro egoísmo y su afán de poder, ha socavado el civismo y ha dividido al país. Su política hace totalmente imposible sentirse parte de un nosotros.

Liberalismo y civismo no tienen por qué excluirse. Civismo y responsabilidad son más bien un prerrequisito esencial para el buen logro de una sociedad liberal. Cuanto más liberal sea una sociedad, tanto más civismo será necesario. 

La pandemia nos enseña qué es la solidaridad. La sociedad liberal necesita un nosotros fuerte. De lo contrario se desintegra en una colección de egoístas. Y ahí el virus lo tiene muy fácil. Si quisiéramos hablar también en Occidente de un “factor X” que la medicina no puede explicar y que dificulta la propagación del virus, este no sería otra cosa que el civismo, la acción conjunta y la responsabilidad con el prójimo.

Byung-Chul Han es filósofo y ensayista, imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín .
Fuente: Elpais.com (24/10/20) Pixabay.com




sábado, 17 de octubre de 2020

De Cacerias...

Comienza una nueva temporada de caza y a mis 64 años, cuando llevo ya más de 5 años sin pegar un tiro, me pregunto: ¿he sido cazador? 
La verdad es que no lo se. Quizá nunca me he sentido cazador como observo se sienten hoy día muchos de los que están desenfundando las armas y preparándose para ojeos, batidas y monterías variadas. A todos les deseo un año lleno de éxitos y sin percances. Yo no recuerdo tener tanta afición como veo en los cazadores de hoy. 
Hablando de recuerdos, la verdad es que no sé bien cuando comencé a cazar. Dice mi madre que como era el mayor de los varones y no fui al colegio hasta los seis años, mi padre me llevaba desde muy pequeño al campo. El campo y escopetas eran más o menos lo mismo en mi casa. 
En mis primeros recuerdos relacionados con la caza, me veo agazapado tras una mata viendo a mi padre tirar zorzales, siempre esperando una señal para salir a cobrar los pájaros caídos alrededor del puesto. Iba haciendo montones. Me gustaba perseguir a los alicortados entre trochas y regajos hasta encontrarlos y recibir la sonrisa de asentimiento de mi padre al verme volver con la pieza cobrada. A la caída de la tarde, casi sin luz, la cacería al saco (¿cuántos? muchos…), la escopeta a la funda y calentito en el coche para casa. 
Colijo que mis primeros tiros, ya con siete u ocho años, fueron con la escopetilla de 12 mm, con esos cartuchos finos y largos que sonaban de maravilla. Terreras, cogujadas, alguna perdiz de peón o algún gazapo despistado fueron mis primeros trofeos cinegéticos cobrados en las lindes de los carriles. 
Al poco ya estaba tirando con el 20, dejando volar los pájaros y correr a los conejos. 
Tuve una mala experiencia por esos años, sobre 196… y tantos. Era verano y fuimos a un descaste de conejos en la finca Las Manchorras, creo que en Villanueva de los Castillejos, Huelva. Salimos desde El Rompido muy temprano. La mancha estaba muy metida en el monte, dejamos los coches y fuimos en burros. La cacería muy abundante, y yo siempre junto a mi padre, a su izquierda, tirando con el 20 los conejos que quedaban renqueantes o los que mi padre me avisaba en los claros. A última hora de la mañana, ya de recogida, decidieron rodear un manchón y meter los perros. Mi padre me dejó por precaución sentado debajo de una encina. De pronto escuché un ruido raro, como una explosión diferente, y vi un brazo en alto sangrando. El cañón izquierdo de la escopeta de mi padre reventó por la cara lateral y le destrozó la mano. La hemorragia era abundante. Recuerdo el torniquete en el brazo, mi padre pálido mirándome sin quejarse, contento de que yo no hubiera estado a su lado en ese momento, el regreso eterno en burro hasta los coches, el traslado a Huelva en un Renault 4L lleno de sangre. Después de unos meses de curas y sacar muchos plomos del brazo, estábamos de vuelta en el campo, de nuevo cazando y yo a su lado, sin miedo. 
He tirado zorzales con mi padre por muchos pueblos de la campiña y la sierra de Huelva y Sevilla; en algunos sitios, he visto a otros tiradores dejar la escopeta para ver el espectáculo de mi padre haciendo dobletes y una lluvia de zorzales cayendo. Eran otros tiempos. 
Nunca me gustó levantarme de noche y pronto fui relevado como escudero de mi padre por mi hermano José María, mucho mejor tirador y con mucha más afición que yo. 
Desde joven aprendí a recargar cartuchos en las vainas que mi padre traía del Tiro de Pichón. En un pequeño buró teníamos las herramientas y las prensas, la pólvora, los tacos, los plomos de distinto calibre y los mixtos. En una tarde recargábamos doscientos cartuchos que mi padre metía en bidones de lata pintados de verde. Todavía tengo alguno. 
Mis años más felices de cazador fueron a partir de los 15 años que empecé a cazar por mi cuenta. Los fines de semana íbamos a la dehesa de Los Cerros donde vivía mi tío Joaquín con mis primos. Yo mangaba cartuchos recargados. La cacería se convirtió en una diversión. Jugábamos a cazar. Salir con los perros al campo, jalearnos conejos, zorzales y perdices (prohibido tirarlas, solo para el reclamo, que aburrido…) o cobrar alguna liebre despistada que buscaba carroña por los llanos de La Tiesa. 
Otra diversión maravillosa era escaparnos por las noches en el Land Rover o en mi 2CV sin capota para tirar conejos con la luz de los faros, rodeados de perros ladrando; nunca vi mejor tirador en estos lances que mi primo Joaquín (DEP), tiraba a una sombra y cobraba un conejo. Con una pequeña navaja y de un par de tajos destripaba (las tripas eran un manjar para los perros) y desollaba un conejo en menos de un minuto, todavía con la carne caliente y palpitante. En la chimenea asábamos algunos antes de acostarnos. 
Recuerdo un día que salí solo a dar una vuelta con una superpuesta del 20 que estaba probando. Al atravesar una umbría se levanto de largo un pájaro que no era una perdiz y lo bajé del primer tiro. Me quedé quieto, recargando, y al momento voló casi de mis pies la collera, la dejé volar y aseguré el tiro. Dos becadas “pitorras” que me colgué mas contento que qué. Al llegar al cortijo mi tío Joaquín no se lo creía. Por supuesto les sacó las tripas con una ramita y las colgó del pico en su cuarto… ¡que homenaje se pegaría a los pocos días! 
A veces teníamos que quitar zorros, pues no dejaban a las perdices criar. Los puestos -seis o siete- se montaban sobre tablas en encinas y chaparros porque el monte era apretado y los tiraderos peligrosos. Los jaleadores a caballo, el primero tío Joaquín con sus zahones su trabuco y su escopeta, dando palos a las matas y jaleando a los perros: ¡Pongo, Terrible, allí va, allí va…! Revuelo de pájaros, conejos, los zorros dorados que van cayendo y algún gato rubio que se entremete donde no debe y sale en la foto. 
Otras -menos- veces tirábamos en La Abundancia gachonas o polluelas, pero cuando había era un tiroteo y un remolino de perros pasados por agua. Alguna vez me puse a los ánsares, pero no me gustó eso de meterme en el fango antes de que amaneciera. Tampoco los patos eran santo de mi devoción por el frío y la humedad de los puestos. 
Se me daba mejor el pelo que la pluma, o a lo mejor es que disfrutaba mas cazando con los perros que inmóvil en un puesto porque soy inquieto y prefería buscar la cacería andando por el monte, a esperar estático y sin moverme. Bueno, cuando entraban los pájaros y uno tenía el día bueno, era una delicia, la verdad. 
Por eso nunca he cazado con el reclamo de perdiz (colgar el pájaro se llama), una de las aficiones preferidas de mi padre. En mi casa siempre hubo pájaros perdices en jaulones terreros y jaulas, y mi padre llevaba los libros de cacerías de cada pájaro año tras año. 
Mis primeras monterías fueron en El Puerto de la Virgen, en Zufre, con mi tío Juan de Dios, allí maté mi primer cochino con 17 años, allí hice los primeros aguardos con mi primo Juande (no me gustaron nunca) y allí me quemé las manos tirando palomas torcaces. En esa finca lo pasamos también estupendamente, era muy buena de conejos y perdices (también para el dichoso reclamo…), y tenía muchos cochinos; no era difícil tirar un zorro con un poco de paciencia. Las fiestas después de las cacerías eran otro aliciente de esa magnifica finca serrana. 
Desde joven también he tenido la gran suerte de acompañar a mi primo Manuel Diego en la caza con halcones, azores y con águila de Harris; la cetrería es un espectáculo ancestral digno de reyes, respetuoso con el medio ambiente y absolutamente magistral. Ver un lance de un halcón en picado o el vuelo vertiginoso de un azor entre los árboles hasta agarrar a su presa es ver la naturaleza primitiva, el origen de la cacería. 
Aunque parezca mentira hemos cazado también en El Rompido, pues la forestal de Cartaya era nuestro coto privado de caza durante todo otoño e invierno. Cazábamos con las rapaces conejos y perdices en el monte bajo, las codornices en los trigos para disfrute de los perros, inviernos de avefrías y palomas en la laguna de El Portil, entonces un paraíso… hasta la “otra banda” de dunas de arena blanca a la orilla del mar estaba cuajada de conejos y pájaros… si, eran otros tiempos.
 Con el paso de los años y tras la muerte de mi padre y sus hermanos, poco a poco me fui desligando de la cacería. 
Me apunté en varios cotos de zorzales, conejos y algunos de caza mayor -siempre muy económicos porque nunca tuve jurdores-, pero nunca repetí. 
También he participado en numerosas cacerías de “bote” de faisanes, palomas, patos y perdices donde he disfrutado mucho más de la camaradería, de la amistad y de la gastronomía que de la “cacería”. 
Hace unos 10 años que sufro una sordera galopante -tantos tiros en mis oídos desde niño- que me obligó a tirar unos años con cascos, hasta que lo dejé por completo por falta de oído… y de afición. 
En realidad, siempre he sabido que no tengo cualidades ni espíritu de cazador. 
Pero a lo hecho… ¡pecho!