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"Casos Clínicos"

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Probable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mundo. Ronco a compás de Martinete.
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martes, 24 de enero de 2023

Mis familias Orta y Balbontín.

La historia de la rama de la familia Orta, apellido que llevo en mis genes, comienza en Alosno, pueblo de la sierra del Andévalo en la provincia de Huelva. 
Manuel de Orta Limón (1765) casado con María Blanco de Orta en 1796 (en los pueblos era frecuente que se casaran los parientes…) tienen varios hijos. Uno de ellos, Juan José de Orta y Blanco nace en 1836 y es nuestro tatarabuelo, creo. 
 Siendo joven es enviado a Lisboa, donde había hecho fortuna un hermano mayor de su padre, su tío Antonio José de Orta y Limón (Alosno 1804), radicado en Portugal, banquero y financiero de la línea ferroviaria lusitana y al que el Rey de Portugal Pedro V había concedido el titulo de Vizconde de Orta en 1854. 
 Al parecer el sobrino Juan José quiso amores con una de sus primas portuguesas, por lo que su tío Vizconde Antonio lo despacha con viento fresco mandándolo a la sudamérica para que se buscara la vida lejos de sus queridas hijas. Consta confirmación de entrada en Montevideo el 8 de diciembre de 1862, como comerciante a la edad e 26 años. 
Desde Uruguay se desplaza a Argentina donde el intrépido Juan José hace uso de la experiencia comercial aprendida de su tío lusitano y pronto tiene éxito en los negocios convirtiéndose en un joven acaudalado que, por los buenos modales que trae de la corte portuguesa, es aceptado en la sociedad bonaerense. 
 En ese ambiente conoce a la que será su esposa, la aristócrata uruguaya Ana de Sousa-Martins Rocamora (padre portugués y madre española) con la que contrae matrimonio en 1867. En Argentina nacen los nueve primeros hijos de este matrimonio: Juan José, María Manuela, Manuel, Ana, María Dolores, Enrique, Eduardo, Elena y Emilia. Signo de su arraigo social y privilegiada situación económica, fue que el Presidente de la República de la Plata apadrinó a Eduardo, el menor de los varones. 
 A pesar de su éxitos, Juan José echa de menos a España y decide regresar a sus orígenes por lo que se embarca con destino a Huelva con toda la familia, enseres variados y un criado de la Patagonia de nombre Jerónimo y de rostro cobrizo. 
 Otro de sus hermanos alosneros Manuel de Orta y Limón, se había establecido en el pueblo costero de Cartaya donde formó familia al casarse con Isabel Morón. Seguramente por las noticias de este hermano alabando la bendita tierra cartayera, una vez que la familia desembarca en Cádiz, navega en velero de línea hasta Huelva/Aljaraque y desde allí se trasladan en carros hasta Cartaya -hacen una entrada muy recordada, sobre todo por el aspecto del indio Jerónimo- donde se afincan definitivamente. En Cartaya nacen Elisa y Roberto. 
 Al poco tiempo el hijo mayor Juan José, sintiéndose argentino, decide regresar a su país con gran pena de su madre Ana de Sousa-Martins que, recordando a su hijo, paseaba con su hija Ana hasta las afueras del pueblo subiendo al “cabezo colorao” desde donde podía ver el mar… 
 En pocos años Juan José de Orta y su esposa adquieren una casa en Sevilla en la Plaza de San Marín nº 6, allí nacen los dos hijos pequeños: Delia y Fernando. 

 Rama Balbontín de Orta

 Ana de Orta y Sousa-Martins, nacida en Buenos Aires en 1872, conoce en Sevilla a un joven industrial, huérfano de padre, llamado Enrique Balbontín Gil, con el que se casa en la Iglesia de San Martín en 1890, viviendo en la calle San Vicente de Sevilla. Fueron sus hijos: Ana María, Enrique, Juan José, Julio, María de la Salud, Aurora, Elena, Eduardo, Edmundo, Alberto, Roberto y Guillermo Balbontín de Orta. 
 Enrique es un gran industrial con afán de negocios e invierte en una gran fundición de acero entre las calles Goles y Torneo, donde construye una gran casa familiar a orillas del Guadalquivir. El negocio va viento en popa e incluso se expande a Savona (Italia) para construir una nueva fundición. Precisamente es en Savona donde fallece Enrique de infarto a la edad de 44 años. 
 Su hijo mayor Enrique Balbontín de Orta (1892), es quien queda al frente del negocio familiar en Sevilla con la ayuda de su hermano Julio que se traslada a Savona. Enrique Balbontin de Orta, casado con María Luisa Gorina Ramirez, fue Presidente de la Diputación de Sevilla, teniente de Alcalde del Ayuntamiento y tercer Presidente del Sevilla FC. Desgraciadamente la Segunda Guerra Mundial dio al traste con el negocio de la fundición tanto en Sevilla como en Sabona. 
 Otro hermano, Alberto Balbontín de Orta (Sevilla 1903-1972) casado con María Antonia Polledo, arquitecto eminente, fundador de la ETSAS, el cual junto a su compañero Antonio Delgado y Roig, construyen la nueva Ermita de la Vírgen del Rocío en Almonte, proyectan la reforma de la Real Fábrica de Tabacos y dirigen la construcción de la nueva la Basílica del Gran Poder en Sevilla, entre otros proyectos. 
 Ana de Orta Sousa-Martins, ya viuda de Enrique Balbóntin Gil, decide comprar los terrenos del “cerro colorao” cartayero (aquel a donde paseaba con su madre para mirar al mar), poniéndole el nombre de “Cerro de Buenos Aires” en recuerdo de su infancia y Villa Santa Ana a su casa en lo alto del cerro dando a la marisma y al mar, en honor de su querida madre. 
 A ese “cerro colorao” ya bautizado como “Buenos Aires” se van agregando chalets de todos los descendientes de esta gran familia Balbontin de Orta: mis tíos y primos Balbontín Noval, Balbontín Gorina, Balbontín Polledo, Valverde Balbontín, Royo Balbontín, Romero Balbontín, Zybikosvki Balbontín, Arreciado Balbontín… y toda su descendencia. 
Allí pasé con mis queridos primos los primeros veranos de mi vida. Llegué a Cartaya -ya bautizado- con 7 días de vida, al chalet de mis abuelos Pepe López-Pazo y Delia Noval de Orta en la subida al "cerro colorao". 
Allí aprendí a andar, a nadar, a montar en bici, a remar, a coger bocas, a subirme a los árboles, a jugar al futbol y a tirar piedras. 

 Rama Noval de Orta 

Delia de Orta Sousa-Martins era la más pequeña de las hijas de Juan José de Orta y Ana Sousa-Martins. Dicen que era una belleza. Se casó en Sevilla con un marino de guerra, Antonio Noval de Celis y tuvieron dos hijas: Delia y María Teresa Noval de Orta
 María Teresa se casó con su primo-hermano Guillermo Balbontín de Orta y tuvieron ocho hijos: Teresa, Guillermo, Mario, Delia, Juan Carlos, Julio, Roberto y Margarita. 

 Delia Noval de Orta se casó con José Antonio López-Pazo Ganzinotto y tuvieron cinco hijos: Pilar, Delia, Pepe, Carmen y Lucía. 

 Pilar López-Pazo Noval, se casó con Celso Pareja-Obregón García. Mis padres. Hijos: Concha, Lourdes, Celso, Jose María, Pilar, Fernando, Reyes (qepd) y Jesús Manuel.  
Yo soy Celso.

 Mas información en: 


 PD. Gracias a la labor de Manuel Suarez Romero (El Chacho), mi tía Delia Balbontín Noval; José Marina, Wikipedia y Google, he podido escribir esta historia.

jueves, 4 de marzo de 2021

Ánsares de "La Abundancia"

Este recuerdo precioso me manda mi hermano Jose María: 

 En esta tarde entre gris y sol de primeros de marzo he salido a pasear como todos los días con mi perrita “Chica “por los campos cercanos a mi casa. 

Vivo en un lugar privilegiado, Aljarafe profundo, donde las viñas en este tiempo podadas empiezan a asomar sus nuevos brotes que en el verano darán sombra a los racimos de esa uva que en septiembre se recoge para dar el maravilloso mosto santo y seña de esta tierra. 

 En las estácales los olivos se están desmarojando para dejarlos limpios y que en octubre den esas aceitunas de verdeo únicas de esta zona; los arados mueven la tierra para quitar la yerba que después de un invierno lluvioso y con los rayos de sol ha invadido los cercados; los frutales están floridos de blanco y rosa llenando de colorido las veras de los caminos; las codornices están en pleno celo y alegran con su canto el paseo del caminante; las perdices ya acolleradas buscan sitio para su nido y los verdones, jilgueros, chamarices y cogujadas revolotean celosas por las ramas de los árboles. 

Al caer la tarde ya volviendo de regreso escuché en el cielo el canto de los ánsares que tapados por las nubes, me los imagine volando en V para pasar la primavera y el verano en las tierras del norte después de haber estado el invierno en los humedales de esa maravillosa marisma arrocera. 

 Al escucharlos y sentirlos me vino a la memoria un recuerdo imborrable de cuando era un niño e iba con mi padre a “La Abundancia” histórico cortijo de la marisma en el que pastaban los toros de Concha y Sierra -la tía Concha-, tierra llana y calma donde la vista se perdía en el firmamento, allí las yeguas y los potros corrían libres retozando juntándose con las vacas de vientre y los becerros bravos; los toros sardos y berrendos reburdeaban oliendo a las lejanas hembras mientras se afilaban los pitones en los bordes de los lucios haciendo que gallaretos y polluelas volaran asustados sobre el agua buscando el aguardo de los juncos. 

Íbamos en un Seat 800, como un 600 de cuatro puertas, mi padre conduciendo, mi hermano Celso al lado porque se mareaba y detrás Lourdes, Concha y yo. Parábamos en la venta del cruce donde mi padre compraba pan y dulces y nos adentrábamos en la marisma. 

Al llegar al cortijo los galgos salían a recibirnos y corrían parejos a las ruedas del coche, en el patio había siempre una jaca alazana aparejada por si algún vaquero tenía que salir corriendo a resolver alguna urgencia con el ganado. Al momento salían Pepe “la vaquera” y Diego el conocedor y nos daban un beso, mi padre subía a la casa con mis hermanos, yo me quedaba en el patio jugando con un perrito y mirando al caballo tranquilo que movía la corta cola y las orejas para espantar los mosquitos que allí había por millones. 

 Un vaquero salió y me dijo que no me arrimara a las patas de la jaca y entonces me cogió como si fuera una pluma y me montó en el caballo, mis piernas desnudas apenas salían de la azalea de la montura y el olor a cuero engrasado me pareció maravilloso. 

Era un hombre muy moreno con traje gris de campo con remiendo en las rodilleras, fuerte, rudo y bondadoso, cogió a Concha y la subió también, me dio las riendas y él, llevándolo desde abajo, nos dio vueltas por el patio donde el caballo perfectamente domado seguía sus indicaciones. Fui el niño más feliz del mundo y ese hombre que en ese momento me pareció Dios, era el Gran Curro Morón, maestro garrochista y caballista antiguo, genio de la Puebla del Rio. 

En el cercado detrás de la casa había una bandada de ánsares encerrados que tranquilos masticaban las malvas y los cantuesos y un macho de avutarda domesticado que eran utilizados por mis tíos y mi padre como reclamos en las cacerías. Yo estaba tan tranquilo mirándolos cuando de pronto se formó una algarabía y los ánsares empezaron a reclamar fuerte y a mover las alas como queriendo salir volando con el cuello arriba. Fijé la vista en el cielo, una bandada de ánsares silvestres pasaron a la altura de la veleta del tejado y dieron varias vueltas al cortijo. 

Mi padre salió corriendo de la casa con los hombres y dijo:” ya están aquí los ánsares hay que preparar los puestos”, yo los miraba absorto y su sonido me pareció maravilloso, era el mes de noviembre y la bruma de la marisma empezó a rodearnos… 

 Cuando volvíamos en el coche yo miraba por los cristales, todo el conjunto de toros, caballos, galgos, bueyes y sobre todo los ánsares se me quedaron grabados en la retina para siempre, por eso, cuando hoy escuché ese canto inconfundible, estos recuerdos afloraron a mi memoria y retome la ilusión que tuve aquel día frio de noviembre con los ánsares de “La Abundancia”. 

Jose Maria Pareja Obregon 

 Villanueva del Ariscal 4 de marzo de 2021.
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Ahora escribo yo, Celso:

Jose, yo tengo recuerdos muy parecidos de la Abundancia y de aquellos años.
También montado a caballo con Curro Morón, yo delante de él agarrado a la perilla y andando entre los toros. 
Un mulo o un becerro que se quedó enredado en una alambrada y fue papá con los vaqueros a zafarlo.
Yo intentando guiar un tractor ruidoso sentado en las piernas de papá y haciendo eses.
El cuarto de mecánica, lleno de repuestos y motores, de neumáticos y cámaras, de enorme tornillos y tuercas por el suelo.
La tia Concha sentada en su sillón con andas, en el mirador de la plaza de tientas tomando notas en un cuadernito.
El tio Joaquin parando los becerros a caballo.
Toros berrendos, enormes, amenazadores.
Yeguas preciosas.
Papá siempre pegando tiros y yo cobrando pájaros...
Ricardo, Lucas, Luís...

Benditos recuerdos.

Muchas gracias hermano.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Mi padre y yo.

El día tenía que llegar. Mi padre murió con 64 años, 5 meses y 10 días… y ya tengo esa edad desde ayer. He dejado pasar un día, por aquello de decirlo con absoluta seguridad. Ya hace 26 años y pico, casi 27. 

Cuando una mañana del 23 de junio le reventó la arteria aorta y se murió de madrugada en un frio quirófano sin despertarse de la anestesia, donde buenos cirujanos intentaban recomponer lo descompuesto, yo sentí de nuevo la venida de la Muerte. 

La primera vez era un niño de 9 años cuando se murió mi hermanita Reyes, también sin avisar, muerte que aún me deja una huella imborrable. Muchas veces la imagino como estaría ahora, le hablo y le digo que la quiero, la echo de menos. 

Pero tal día como hace 27 años, cuando se llevaron a mi padre al quirófano, y me despedí de el con un beso y recibí una sonrisa de paz y serenidad, sabía que no volvería a verlo vivo. Me fui a mi casa, me tumbé en la cama y me quedé “congelado”. No sé si ustedes han tenido alguna vez esa sensación de sentimientos congelados, ni miedo, ni pena, ni angustia, ni ansiedad… tan solo esperar absolutamente aislado, inmóvil, frio, hierático, esa llamada de teléfono en medio de la noche que de sobra sabía que era para decirme que mi padre estaba muerto. Y seguí congelado mucho tiempo después. 

Mi padre era un hombre sano y deportista, yo creo que se murió de estrés por estirar demasiado la cuerda rígida-elástica que llevaba en su interior. Alguna vez antes de morir me dejó caer que le gustaría conocer Chile, que sabía que era un país de gente tranquila aficionada a la guitarra y con buen son, una costa llena de pesca y sierras de cacería abundante. 

Yo creo que no lloré a mi padre. En cierto modo y por circunstancias personales la muerte repentina de mi padre fue como la solución lógica de un jeroglífico enrevesado. Para mi, mi padre se había marchado a Chile y ya veríamos cuando volvería, pero de momento estaba bien adonde estaba. Esta sensación es la que sigo teniendo a día de hoy. Mi padre está bien. Igual ya se ha mudado de ubicación porque es un poco aventurero y está buscando, a la vejez, nuevos perdederos. Sé que descansa en paz. 

También sé que cuando se aparece en mis sueños para aconsejarme o reñirme esta igual o más joven que cuando lo dejé, con muy buen ánimo, siempre junto a mi madre, y siempre con esa sonrisa de sabio golfo y experto. Porque os puedo asegurar que 64 años en la vida de mi padre son como muchos muchos muchos más años en la vida de cualquiera, yo el primero. Nunca pude compararme con mi padre. Ya quisiera yo tener sus habilidades y vivir con esa intensidad. 

Muchas veces cuando me hablan de cacerías o de pesca, tengo que disimular y mirar para otro lado porque veo la cara de mi padre disfrutando en el campo tirando zorzales o en El Rompido llenando el barco de robalos o corvinas, y con la mirada me dice que no cuente nada, que me calle, que qué le importa a nadie lo que hemos vivido…

Está claro que me gustaría haberlo tenido con nosotros unos cuantos años mas para que hubiera conocido a todos sus bisnietos/tas – estaría contento de conocer a Celsa, a Celsito IV y a todos por supuesto- porque le encantaba educar a los niños pequeños para enseñarlos a ser valientes y a la vez sensatos, a ser libres y respetuosos, a remar contra corriente y llegar siempre a buen puerto, a ser personas de bien. 

Ojalá (Dios quiera) que cuando me reviente lo que me tenga que reventar, mi padre y todas las personas que quiero me estén esperando en ese cielo que sueño.

Te quiero padre.

sábado, 17 de octubre de 2020

De Cacerias...

Comienza una nueva temporada de caza y a mis 64 años, cuando llevo ya más de 5 años sin pegar un tiro, me pregunto: ¿he sido cazador? 
La verdad es que no lo se. Quizá nunca me he sentido cazador como observo se sienten hoy día muchos de los que están desenfundando las armas y preparándose para ojeos, batidas y monterías variadas. A todos les deseo un año lleno de éxitos y sin percances. Yo no recuerdo tener tanta afición como veo en los cazadores de hoy. 
Hablando de recuerdos, la verdad es que no sé bien cuando comencé a cazar. Dice mi madre que como era el mayor de los varones y no fui al colegio hasta los seis años, mi padre me llevaba desde muy pequeño al campo. El campo y escopetas eran más o menos lo mismo en mi casa. 
En mis primeros recuerdos relacionados con la caza, me veo agazapado tras una mata viendo a mi padre tirar zorzales, siempre esperando una señal para salir a cobrar los pájaros caídos alrededor del puesto. Iba haciendo montones. Me gustaba perseguir a los alicortados entre trochas y regajos hasta encontrarlos y recibir la sonrisa de asentimiento de mi padre al verme volver con la pieza cobrada. A la caída de la tarde, casi sin luz, la cacería al saco (¿cuántos? muchos…), la escopeta a la funda y calentito en el coche para casa. 
Colijo que mis primeros tiros, ya con siete u ocho años, fueron con la escopetilla de 12 mm, con esos cartuchos finos y largos que sonaban de maravilla. Terreras, cogujadas, alguna perdiz de peón o algún gazapo despistado fueron mis primeros trofeos cinegéticos cobrados en las lindes de los carriles. 
Al poco ya estaba tirando con el 20, dejando volar los pájaros y correr a los conejos. 
Tuve una mala experiencia por esos años, sobre 196… y tantos. Era verano y fuimos a un descaste de conejos en la finca Las Manchorras, creo que en Villanueva de los Castillejos, Huelva. Salimos desde El Rompido muy temprano. La mancha estaba muy metida en el monte, dejamos los coches y fuimos en burros. La cacería muy abundante, y yo siempre junto a mi padre, a su izquierda, tirando con el 20 los conejos que quedaban renqueantes o los que mi padre me avisaba en los claros. A última hora de la mañana, ya de recogida, decidieron rodear un manchón y meter los perros. Mi padre me dejó por precaución sentado debajo de una encina. De pronto escuché un ruido raro, como una explosión diferente, y vi un brazo en alto sangrando. El cañón izquierdo de la escopeta de mi padre reventó por la cara lateral y le destrozó la mano. La hemorragia era abundante. Recuerdo el torniquete en el brazo, mi padre pálido mirándome sin quejarse, contento de que yo no hubiera estado a su lado en ese momento, el regreso eterno en burro hasta los coches, el traslado a Huelva en un Renault 4L lleno de sangre. Después de unos meses de curas y sacar muchos plomos del brazo, estábamos de vuelta en el campo, de nuevo cazando y yo a su lado, sin miedo. 
He tirado zorzales con mi padre por muchos pueblos de la campiña y la sierra de Huelva y Sevilla; en algunos sitios, he visto a otros tiradores dejar la escopeta para ver el espectáculo de mi padre haciendo dobletes y una lluvia de zorzales cayendo. Eran otros tiempos. 
Nunca me gustó levantarme de noche y pronto fui relevado como escudero de mi padre por mi hermano José María, mucho mejor tirador y con mucha más afición que yo. 
Desde joven aprendí a recargar cartuchos en las vainas que mi padre traía del Tiro de Pichón. En un pequeño buró teníamos las herramientas y las prensas, la pólvora, los tacos, los plomos de distinto calibre y los mixtos. En una tarde recargábamos doscientos cartuchos que mi padre metía en bidones de lata pintados de verde. Todavía tengo alguno. 
Mis años más felices de cazador fueron a partir de los 15 años que empecé a cazar por mi cuenta. Los fines de semana íbamos a la dehesa de Los Cerros donde vivía mi tío Joaquín con mis primos. Yo mangaba cartuchos recargados. La cacería se convirtió en una diversión. Jugábamos a cazar. Salir con los perros al campo, jalearnos conejos, zorzales y perdices (prohibido tirarlas, solo para el reclamo, que aburrido…) o cobrar alguna liebre despistada que buscaba carroña por los llanos de La Tiesa. 
Otra diversión maravillosa era escaparnos por las noches en el Land Rover o en mi 2CV sin capota para tirar conejos con la luz de los faros, rodeados de perros ladrando; nunca vi mejor tirador en estos lances que mi primo Joaquín (DEP), tiraba a una sombra y cobraba un conejo. Con una pequeña navaja y de un par de tajos destripaba (las tripas eran un manjar para los perros) y desollaba un conejo en menos de un minuto, todavía con la carne caliente y palpitante. En la chimenea asábamos algunos antes de acostarnos. 
Recuerdo un día que salí solo a dar una vuelta con una superpuesta del 20 que estaba probando. Al atravesar una umbría se levanto de largo un pájaro que no era una perdiz y lo bajé del primer tiro. Me quedé quieto, recargando, y al momento voló casi de mis pies la collera, la dejé volar y aseguré el tiro. Dos becadas “pitorras” que me colgué mas contento que qué. Al llegar al cortijo mi tío Joaquín no se lo creía. Por supuesto les sacó las tripas con una ramita y las colgó del pico en su cuarto… ¡que homenaje se pegaría a los pocos días! 
A veces teníamos que quitar zorros, pues no dejaban a las perdices criar. Los puestos -seis o siete- se montaban sobre tablas en encinas y chaparros porque el monte era apretado y los tiraderos peligrosos. Los jaleadores a caballo, el primero tío Joaquín con sus zahones su trabuco y su escopeta, dando palos a las matas y jaleando a los perros: ¡Pongo, Terrible, allí va, allí va…! Revuelo de pájaros, conejos, los zorros dorados que van cayendo y algún gato rubio que se entremete donde no debe y sale en la foto. 
Otras -menos- veces tirábamos en La Abundancia gachonas o polluelas, pero cuando había era un tiroteo y un remolino de perros pasados por agua. Alguna vez me puse a los ánsares, pero no me gustó eso de meterme en el fango antes de que amaneciera. Tampoco los patos eran santo de mi devoción por el frío y la humedad de los puestos. 
Se me daba mejor el pelo que la pluma, o a lo mejor es que disfrutaba mas cazando con los perros que inmóvil en un puesto porque soy inquieto y prefería buscar la cacería andando por el monte, a esperar estático y sin moverme. Bueno, cuando entraban los pájaros y uno tenía el día bueno, era una delicia, la verdad. 
Por eso nunca he cazado con el reclamo de perdiz (colgar el pájaro se llama), una de las aficiones preferidas de mi padre. En mi casa siempre hubo pájaros perdices en jaulones terreros y jaulas, y mi padre llevaba los libros de cacerías de cada pájaro año tras año. 
Mis primeras monterías fueron en El Puerto de la Virgen, en Zufre, con mi tío Juan de Dios, allí maté mi primer cochino con 17 años, allí hice los primeros aguardos con mi primo Juande (no me gustaron nunca) y allí me quemé las manos tirando palomas torcaces. En esa finca lo pasamos también estupendamente, era muy buena de conejos y perdices (también para el dichoso reclamo…), y tenía muchos cochinos; no era difícil tirar un zorro con un poco de paciencia. Las fiestas después de las cacerías eran otro aliciente de esa magnifica finca serrana. 
Desde joven también he tenido la gran suerte de acompañar a mi primo Manuel Diego en la caza con halcones, azores y con águila de Harris; la cetrería es un espectáculo ancestral digno de reyes, respetuoso con el medio ambiente y absolutamente magistral. Ver un lance de un halcón en picado o el vuelo vertiginoso de un azor entre los árboles hasta agarrar a su presa es ver la naturaleza primitiva, el origen de la cacería. 
Aunque parezca mentira hemos cazado también en El Rompido, pues la forestal de Cartaya era nuestro coto privado de caza durante todo otoño e invierno. Cazábamos con las rapaces conejos y perdices en el monte bajo, las codornices en los trigos para disfrute de los perros, inviernos de avefrías y palomas en la laguna de El Portil, entonces un paraíso… hasta la “otra banda” de dunas de arena blanca a la orilla del mar estaba cuajada de conejos y pájaros… si, eran otros tiempos.
 Con el paso de los años y tras la muerte de mi padre y sus hermanos, poco a poco me fui desligando de la cacería. 
Me apunté en varios cotos de zorzales, conejos y algunos de caza mayor -siempre muy económicos porque nunca tuve jurdores-, pero nunca repetí. 
También he participado en numerosas cacerías de “bote” de faisanes, palomas, patos y perdices donde he disfrutado mucho más de la camaradería, de la amistad y de la gastronomía que de la “cacería”. 
Hace unos 10 años que sufro una sordera galopante -tantos tiros en mis oídos desde niño- que me obligó a tirar unos años con cascos, hasta que lo dejé por completo por falta de oído… y de afición. 
En realidad, siempre he sabido que no tengo cualidades ni espíritu de cazador. 
Pero a lo hecho… ¡pecho!

jueves, 23 de enero de 2020

Zorzales en manteca.


Ingredientes:

Zorzales cazados el día antes, pelados y destripados. Como unos cien…
Manteca de cerdo. Un cubo.
Romero, tomillo, orégano… en ramas aromáticas.
Granos de pimienta negra y de colorines.
Sal. Sin pasarse.
Una orza grande de barro, que quepan los pájaros.
Una chimenea espaciosa.
Leña y brasas abundantes.
Una garrafa de 5 arrobas de mosto del aljarafe (Umbrete o Villanueva del Ariscal, por ejemplo)
Aceitunas variadas. Rábanos frescos.
Chorizo picantito, del blando. Chacinas variadas, si ustedes gustan.
Pan y regaña a discreción.
Aceite de oliva virgen extra de primera prensa en frio… arbequina me gusta a mí.
Una guitarra (opcional)

DIFICULTAD: Para tontos como yo.

TIEMPO: Unos 2 días…

PREPARACIÓN:

La noche anterior se deja la chimenea con bastante leña (encendida) con objeto de tener abundantes brasas desde por la mañana.

Cójase la orza y vayan depositándose en su interior capas de zorzales, sal, pimienta, ramas de hierbas aromáticas y repítase la operación hasta unos 4/5 de capacidad de la orza.

La manteca de cerdo se ha de derretir a la vera del fuego hasta que esté líquida y muy calentita. Una vez llegado a este punto se arrima la orza a la chimenea y se le vierte por encima la manteca líquida hasta casi el borde.

Después del Angelus podemos inaugurar la garrafa de mosto, las aceitunas y los rábanos. Las viandas embutidas irán pidiendo la vez a su natural cadencia.

En las primeras doce horas mantenemos la orza cerca del fuego sin que llegue nunca a hervir el guiso (muy importante) y daremos giros de ¼ de vuelta (90º, jeje) para que se vaya calentando siempre por igual. Iremos espumando continuamente y quitando la espuma negruzca que se forma en la superficie (es sangre y proteínas coaguladas…) Iremos añadiendo manteca de cerdo según mengüe el condumio.

Si el mosto acelera su evaporación es conveniente tener preparado repuestos para cuando caiga la tarde. Se pueden hacer unas tostadas a la brasa con el aceite y cualquier chacina le vendrá bien.

Es conveniente darle de merendar al de la guitarra.

Ya de noche y antes de acostarnos se aleja la orza un poco de la candela, lo suficiente para que no se cuaje la manteca y que se quede templada. El que se levante a hace pipí debe darle una vueltecita sin maldad.

La guitarra es conveniente también alejarla de la candela.

A la mañana siguiente ya se puede retirar la orza del calor y la pondremos al relente con mucho cuidado de no quemarnos y no romperla. Se tapa mayormente.

Comprobaremos la intendencia de mosto. Que no falte pan del día por favor.

Una vez cuajada la grasa y fría, será posible degustar las avecillas extrayéndolas con una cuchara de madera.

Hay que tener cuidado con no comerse más de una docena por persona, lo cual indicaría un alto grado de gula y una preocupante falta de control de impulsos.

Este guiso bien conservado al frio puede durar varias semanas. Yo no lo he constatado nuca la verdad, pero eso dicen…

Que ustedes disfruten.


martes, 17 de abril de 2018

Un hombre libre.


(Alguna vez tendré que escribir de mi padre. Se que lo tendré que hacer, aunque no me guste. No me va gustar, no).

Escribir de un padre es o muy fácil o muy difícil. Escribir de mi padre es lo más difícil del mundo. Claro, ustedes no lo han conocido como yo, que tampoco lo pude conocer mucho; mi padre no se daba nunca a conocer en el sentido mas metafísico de la palabra (o de la frase).

Era un hombre extraño resultado de una vida extraña que vivía en un mundo demasiado convencional para el. Y era extraño por no decir raro o diferente. Si, mi padre era una persona diferente. No diferente físicamente pues era guapo, apuesto, elegante, serio y si uno se fijaba bien en él empezaba a darse cuenta de lo que quiero decir cuando digo que era extraño. Tenía algo en su presencia que se iba haciendo notar poco a poco aunque estuviera apartado y distante en un rincón oculto por las sombras. Destacaba, sin darle mayor importancia al asunto. Quizá fuera la manera que tenía de mirar. Porque miraba como el científico mira por un microscopio, con curiosidad por encontrar algo diferente o excepcional.

Si hay algo que sé de él es que su mente no paraba un solo segundo, siempre estaba atento a lo que ocurría a su alrededor y siempre analizando el entorno. Era como si tuviera un sexto sentido en analizar el comportamiento humano. Captaba inmediatamente al sinvergüenza, al golfo, al inocente, al listo, al torpe, al amigo y al enemigo. No se equivocaba. Y con las mujeres supongo -me consta- que tendría otro tipo de percepción extrasensorial, pero nunca hablaba de eso. Jamás.

Como digo era extraño en su manera de comportarse. Muy educado y discreto, por supuesto. De pocas palabras, era más de escuchar que de conversar, mas de pensar que de opinar. Mucho más de hacer que de convencer. Su manera de educar siempre fue ejemplar. Si quería que hicieras algo te enseñaba como hacerlo, desde montar en bici, remar contra corriente y hasta pescar una corvina. Mi padre no gritaba, decía las cosas una vez con su tono tranquilo pero directo al cerebro. Daba muy pocas órdenes pero si lo hacía eran ordenes inquebrantables y tenía muy claro que sus hijos lo comprendíamos perfectamente. Confiaba en sus hijos. Por eso estaba tan tranquilo con nosotros.

Era un hombre libre que vivía con su esposa con la que tuvo ocho hijos -por eso vivían con nosotros las tatas- en una casa familiar luminosa, llena de vida, felicidad y amor. Pero era un hombre libre.

Fue un niño criado libre en el campo, con caballos, toros, sembrados, tractores, camiones e incomodidades, pero lo disimulaba muy bien. Cuando se casó se adaptó perfectamente a la vida en la ciudad y se conformaba con poco. Lo recuerdo -siendo yo un niño-  tan feliz con su Vespa y con el 4L azul conde nos metíamos como podíamos.

Era un gran deportista. Desde pequeño jugó al futbol en varios equipos hasta llegar a jugar con el Sevilla FC amateur. Jugaba al frontón y al tenis en Piscinas Sevilla con los toreros. Era un gran pescador y pasaba todo el verano en su barquito de madera con su hermano Manolo disfrutando de el paraíso de El Rompido. Y un excelente tirador tanto en las cacerías del campo como en el Tiro de Pichón, de hecho se hizo profesional para ganar dinero. Ganó todos los premios lo que se podían ganar en aquellos años: Campeón de Andalucía, de España varias veces, subcampeón del mundo individual y Campeón del Mundo por equipos. Nunca dio demasiada importancia a esos títulos. Cuando se aburrió lo dejó.

Otra pasión que tuvo desde joven era la mecánica y los coches. Montó un taller de reparación de frenos de automóviles. Compraba y vendía coches como el que cambia de zapatos. Motores viejos de taxis los reconvertía en motores para barcos. Disfrutaba como un niño chico con cada motor que terminaba. Por supuesto le costaba un dineral esa afición.

Cultivó la amistad como un tesoro. Hasta la hora de su muerte mantuvo cerca a sus amigos de la infancia de Gines (inolvidable Lucas, Ricardo..) o de su juventud. Se sentía igual de a gusto con el Chico La Rumba en un colmao de Triana que con el Conde de Teba en Somontes en Madrid. Era aristócrata de cuna, por lo tanto profundamente respetuoso y discreto.

Tocaba la guitarra con sensualidad, acariciando las cuerdas de donde brotaban notas y acordes que siempre llegaban al alma de quien escuchaba. Su voz cuando cantaba era un susurro, un mensaje armónico que el sabía dirigir a la dama elegida por arte de magia. Esa era su debilidad.

Ahora, veinticuatro años después de su repentina muerte con 64 años pienso en como lo podría definir con pocas palabras. Sinceramente creo que una vez alcanzada su madurez y su independencia económica hubo pocos días que no hiciese lo que le diera la real gana.

Era un hombre libre.