Creo que ha llegado el momento
que os haga una confesión. Hay una parte de mi vida, de mi adolescencia, en la
que estuve a punto de sucumbir y caer en una profunda y terrible depresión.
Ahora, pasados ya muchos lustros de aquellos tortuosos meses, todavía a veces
me asaltan los recuerdos en forma de trailers luminosos y voluminosos y mi
cuerpo tiembla como si tuviera el baile de San Vito, un sudor helado y rancio
parece supurar de mi piel y una nausea indolente se instala en el fondo de mis
tripas. Tengo que apartar de mi mente esas abruptas imágenes que tanto daño me
hacen aun hoy día.
Debo confesar que yo era un joven
agraciado, pelo rubio indomable, de ojos grandes tirando a verdes, boca como un
buzón de correos, siempre sonriendo, dicharachero, simpático, delgado,
atlético, inquieto, audaz, a veces temerario…
Corría con mi moto detrás de
todas las mujeres de mi edad que me gustaban y casi siempre era bien recibido
en sus románticos brazos de bailes agarrados y de besos interminables. No era
el novio mas fiel del mundo, pero era educado y caballeroso y siempre terminaba
como buen amigo de mis ligues. Mi corazón tan tierno y esponjoso disfrutaba al
llenarse de mil amores y luego repartirlos al dar miles de cariñosos besos a
todas aquellas que estuvieran dispuestas a aceptarlos…
Pero un maldito día de marzo me
fue dado conocer a la prima de Riesgo.
Riesgo no era de mi clase, era de
un curso mayor que yo (estaba entonces en PREU y jugaba al futbol en el equipo
de los mayores, era atletico y fortachón, parecía alemán). Coincidíamos en un
bar los sábados por la tarde donde solíamos ir los del cole después de los
partidos de futbol, recién duchados y con ganas de cervezas y de ligoteos. Esto
atraía a muchas niñas de diversos colegios y a otras noveles universitarias que
se dejaban caer por aquel bar como por casualidad. Llegaban en grupitos, todas
monísimas, y se instalaban por los alrededores dejándose ver y anunciándose con
sus risas de campanillas y sus melenazos al viento yendo y viniendo.
En uno de aquellos corros de
nenas monas destacaba ella. Seria, adusta, alta, con cuerpo de Nefertiti (eso
pensé cuando la ví de perfil, que era egipcia), morena, guapisima. Parecía no
estar allí. Parecía no querer estar en ningún sitio. Pero allí estaba, con su
pelo recogido en un coleta, embutida en pantalones vaqueros y camisa suelta y
vaporosa, apoyada en un coche con una lánguida elegancia, absorta, fumaba sin
mirar a nada ni a nadie.
Me quede atónito. Mas bien,
embelesado. Pregunté a mis amigos por Nefertiti. Ni te acerques –me dijeron
todos- ¡es la prima de Riesgo! ¿Y que…? Contesté yo ¿…eso es malo?
“Es muy antipática, detesta a los
ligones y no quiere hablar con ninguno, sabe que es guapa y se las da de mas
guapa todavía… dicen que ha dejado ya plantados a varios tíos del equipo de su
primo… que se han quedado hechos polvo… esa no es para ti colega.”
Aquellas frases de desánimo y
advertencia encendieron fuego dentro de mi pecho, note el calor al instante y
tuve que pedir otro tanque de cerveza helada para mitigarlo. Yo seguía observándola
anonadado, me gustaba como fumaba, como bebía coca-cola, como respondía sin
hablar casi nada a las amigas, como miraba el reloj de cuando en cuando… me
gustaba.
No tenía ni idea como podía
acercarme a ella. Era la primera vez que la veía. No conocía a ninguna de sus
amigas (que me parecían horrorosas a su lado), no tenía confianza con Riesgo
para acercarme a el y esperar que me la presentara, no sabía nada de ella salvo
que era la prima de Riesgo.
Estaba cavilando en esto cuando se incorporó del
coche en el que estaba medio sentada y pude apreciarla mejor. Era muy
atractiva, algo mas alta que yo y con curvas muy definidas a pesar de la camisa
holgada que no lograba ocultar sus redondeces. Era toda una mujer.
Yo estaba en la barrita que da a
la calle justo en la puerta del bar y ella comenzó a acercarse hasta donde me
encontraba, no sé si para entrar o para pedir algo… Caminaba mirando al suelo
cohibida, intentando pasar desapercibida, pero sus caderas tenían vida propia y
aunque se esforzaba en no llamar la atención en cuanto se puso en movimiento
hubo un silencio generalizado, todas las miradas de hombres y mujeres se
volvieron hacia ella y hasta el aire sopló un poco más fresco de repente.
Fue entonces cuando empecé a
dudar de mi mismo creo que por primera vez en mi vida. El fuego volvió con
ardor a mi pecho y me lleve el vaso vacío a la boca con un gesto maquinal. Me
volví para pedir otra cerveza helada y entonces oí su voz, triste, tímida,
cansina, dulce: “…perdona… “ Cuando me volví estaba detenida delante de mí
mirandome muy seria con un vaso vacío en la mano que me pareció que me ofrecía
para que lo dejara en la barra. “¿sabes si hay maquina de cigarrillos adentro?”
“Si, hay una maquina de discos, la de petacos y detrás, como escondida esta la
maquina de tabaco…” “Gracias”. Tomé el vaso como el que toma un cáliz sagrado y
aspire el aroma que exhalo cuando me hablaba. Se adentró en el bar y yo pedí
casi sin voz la cerveza. Tenía la boca seca. Estaba dando un glorioso buche
apagafuegos cuando de nuevo escuché la música de su voz: “¿Quieres un
cigarrillo?” y me ofrecía el tabaco ya abierto y preparado para escoger… “
Claro que si… pero no tengo fuego…” me escuché decir a lo lejos. “No importa
mis amigas tienen… ¿vienes?”
No sé como pude dar unos pasos a
su lado sin que se me doblaran las rodilla, pero estaba absolutamente
descoordinado, mis movimientos eran absurdos, estrafalarios, en la mano derecha
la cerveza y en la izquierda el cigarrillo que me llevaba absurdamente a los
labios como si ya estuviera encendido. Seis o siete zancadas mal dadas y
llegamos a nuestro destino. Yo en silencio. Atacado por San Vito. Le pidió el
mechero a una amiga y me lo acerco. Yo quise decirle que encendiera ella
primero pero no me salieron las palabras, así que como pude prendi el pitillo.
Después ella encendió el suyo muy suavemente, deleitandose en encenderlo desde
lejos y con una suave calada… después me miró a los ojos.
Yo decidí abandonarme a mi suerte
y aguanté la mirada con mi mas boba expresión, pero sin trampa ni cartón,
quería que ella notara el efecto que me producía su presencia. “¿Cómo te
llamas?” me pregunto curiosa. “Me llamo País le dije lentamente, se que es un
nombre raro, pero mi abuelo era republicano y así quiso mi padre llamarme…”
“Es un nombre bonito y diferente…
como el mío… yo me llamo Deuda… como mi madre y mi abuela… es un nombre
tradicional.”
“Me alegro de conocerte Deuda”.
“Y yo de conocerte a ti Pais”…
Esa tarde no nos separamos
hablando y hablando, terminamos apoyados en el coche, solos, casi a oscuras, el
bar cerrando y nosotros sin dejar de mirarnos y contarnos nuestras vidas.
Accedió sin problemas a que la llevara en la moto y cuando se abrazó a mi
cintura creí morirme. Me dijo que vivía en un piso con otras estudiantes. La
acompañé a la puerta de su casa y todavía hablamos un buen rato. El despedirnos
nos dimos nuestro primer beso. Un beso diferente a todos los demás besos. El
sabor de sus labios y de su lengua me perturbaron tanto que creí que me
desmayaría allí mismo. Pero lo mas sorprendente es que a Deuda, a la prima de
Riesgo, se le aflojaron las piernas y la oí gemir de placer y temblar mientras
nos besábamos. Nos separábamos pero una y otra vez nos volvíamos a besar.
Lo que sucedió en los meses
siguientes no quiero contarlo con detalles ni podéis imaginarlo. Solo os diré que hacer el
amor con la prima de Riesgo era como tener una experiencia extrasensorial, como
un viaje astral, como comer un cesto de manzanas del Arbol Prohibido.
Se
derretían las velas con las que iluminábamos nuestra cama agotada la cera de
tanta pasión y de tanto fervor con que nos entregamos el uno al otro. Esos
meses los perdí pues solo viví para Deuda y Deuda para mí. Dormía, comía, bebía
y vivía solo para ella, para estar junto a ella y que de esa forma estando
donde ella estaba me sentía Yo. Era infeliz de feliz que era.
Un día supe que no era ella la
que hizo el amor por última vez conmigo. Se había enamorado de otro y me lo
dijo. Lo comprendí con lágrimas en los ojos. Me dejó con un beso suave y
cariñoso. Se marcho.
Pero sus efectos secundarios perduran en mi
vida y perduraran por muchos, muchísimos años. He tenido otras amantes, muchas
desde entonces, y con todas he fingido.
No soy capaz de tapar ese hueco que
dejo Deuda, la prima de Riesgo, en mi vida… y todo por unos cuantos meses de
felicidad…
¡Pero es que estaba buenísima
señores!