Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

Verano 2017.

Definitivamente este año El Rompido es definitivamente otro.

Ha dejado de ser ese poblado escondido entre pinos en la orilla del rio Piedras, ese Macondo mágico para muchos de nosotros que anduvimos descalzos por sus calles de arena de playa y que nos revolcamos cuando niños en el fango nutritivo de la orilla corriendo tras los barriletes para coger bocas o rebuscando verdigones, donde nos bañábamos diariamente en sus aguas vivas que nos enseñaron los arcanos de las corrientes y los vientos, donde aprendimos a remar en las viejas pateras y a navegar trasluchando en los botes marineros con velachos de tela remendada para llegar hasta la Almadraba de enfrente recién abandonada para explorar y descubrir grandes rezones como anzuelos de gigantes, almacenes con olor a brea y a pescado seco, casas vacías donde vivieron curtidos hombres de la mar y donde aun se escuchaban sus ronquidos entre los ventanucos abiertos a poniente, y seguíamos caminando entre sus fantasmales muros para llegar al mar abierto a jugar desnudos y libres en aquella playa infinita y solitaria disfrutando con el mecanismo de las olas que yo creo que a veces nos advertían con un revolcón que era hora de salir del agua y volver a la otra orilla.

Mañanas de pesca en los viejos lanchones de madera que fabricaba Carrasco en su astillero de Cartaya, embarcando montones de mojarras, sargos, herreras, roncaores, bailas, robalos, anchovas y de vez en cuando una gran corvina plateada y reluciente que significaba una fiesta que no tenia final en casa de mi tío Manolo adonde disfrutábamos las contadas familias que veraneábamos entonces en este paraíso y que estábamos hermanados con los viejos pescadores: José Catalina, Antonio Calentura, El Gallo, Los Colorao, Caillo, El Yako, Pepe El Chulo, El Chicha…

Las noches de entonces eran oscuras por las escasas bombillas amarillentas pero con cielos estrellados de Via Lactea no necesitábamos más; noches silenciosas y adormecedoras por el rumor lejano del oleaje de la mar, el grillerío confortable y el familiar sonido de los primeros motores de los pesqueros del Terrón y de El Rompido cuando salían a faenar, los Cabezuelo, Barreiros, Matacás, Perkins, un run-run mecánico que se iba perdiendo a lo lejos, lentamente, igual que se pierden muchos recuerdos en el olvido enrevesado de nuestras neuronas.

Hoy El Rompido es el mismo minúsculo poblado - donde ya no quedan apenas marineros – pero rodeado de Hoteles y campos de golf, decenas de urbanizaciones con piscinas y pádel, gracias a Dios todo construido a baja altura, aunque hay algunos bodrios espectaculares. El antiguo poblado marinero es ahora un gran comedor donde al menos tenemos cincuenta establecimientos a pleno rendimiento todos llenos los meses de verano. Los bares y restaurantes se suceden en fila ocupando la primera línea de playa y la céntrica calle hasta la Plaza. Cada día un hormiguero de turistas en fila que esperan su mesa ordenadamente para degustar las mejores gambas, mariscos, pescados y chacinas de Huelva.

Si cuando éramos niños era extraño ver una cara desconocida por sus calles (un “forastero”) ahora lo difícil es encontranos los de siempre en el mismo sitio, aunque mantenemos en secreto nuestras tabernas y perdederos donde charlar y tapear sin apreturas ni demoras.

La ría del Piedras, antes remanso de paz, se ha convertido en una locura de lanchas fuera-bordas y yates de motor, que parecen patroneados por psicópatas con afán de velocidad y sin respeto alguno a los bañistas y a las pequeñas embarcaciones, que no se como no hay una tragedia cada día. Y que decir de las motos de agua, esos abejorros inoportunos y amedrantadores que entran ganas de tener una alpargata gigante para dejarlos averiados de por vida y que no den mas por la retambufa al personal.

Las noches de mi pueblo ya no son tranquilas, al menos hasta bien entrada la madrugada los bares de copas y música atienden al personal joven con su fanfarria de luces y decibelios, lo normal en estos tiempos de permisividad.

Yo procuro seguir mi vida igual que hace cuarenta años, pero cada vez es más difícil. El secreto es salir temprano por la mañana o a última hora de tarde en el Huevofrito para llegar a la Punta de la Barra sin contratiempos. Ahora voy con mis nietas que ya son marineras y saben donde están las mejores playas dependiendo de la marea. Mi paseo diario entre gaviotas y charranes y mi baño con el culo al aire no hay quien me lo quite.

El otro día paseaba por la playa solitaria con mi nieta Ana que ahora tiene dos años (nació en junio) y nos acercábamos por la tarde a un bando de gaviotas que tomaban los últimos rayos de sol con el pico al suave viento de poniente. El sol se reflejaba en las charcas de la orilla creando un ambiente dorado y respetuoso. Ana se acercaba caminando sin prisas a las primeras gaviotas y yo me detuve para observar. Habría unas cincuenta o sesenta gaviotas entre adultos y pollos, algunas casi tan altas como mi nieta. Ella caminaba sin miedo, tranquila y sin correr. Las gaviotas comenzaron a separase creando un pasillo de unos dos metros por donde avanzaba la pequeña sin molestar a ninguna de ellas. De repente algunas gaviotas comenzaron a abrir las alas y aletear lentamente caminado al paso de Ana, sin volar, y ella hizo exactamente lo mismo: separo los brazos y aleteó con ellos al mismo ritmo que las alas de las gaviotas. Era una imagen conmovedora. Con una racha de viento mas fresco las gaviotas dieron unos pasos y alzaron el vuelo casi al unísono envolviendo a mi nieta en un contraluz de alas blancas y resol en la bajamar mientras Ana corría y movía los brazos queriendo volar con ellas creando una estampa que no olvidaré.

Cuando se volvió a hacia donde yo estaba su cara era la imagen de la felicidad riéndose y señalando con el dedito a las gaviotas que volaban por encima de nosotros.


Yo no se si estaba llorando o me escocían los ojos.