Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

Los catalanes

Lo que voy a contaros es una vivencia de mi adolescencia y juventud que me ha preocupado durante mucho tiempo en mi vida. He dudado si publicarla o no en mi blog pero al final he decidido que debo escribirla para que mis hijos y nietas sepan como y por qué su abuelo piensa lo que piensa y por qué lo piensa en estos tiempos de independentistas catalanes que se saltan la Constitución Española a su libre albedrío y creyéndose que están haciendo lo correcto.

Y esto no es nuevo. Los catalanes creen que son diferentes de “los españoles” desde hace muchos muchos años. Ellos creen en un país catalán que está intelectualmente por encima –muy por encima- de los españolitos medianos de andar por casa. Y tengo pruebas.

Esto que os cuento es absolutamente cierto y “verídico” como explicaba el genial Paco Gandía cuando contaba sus chistes. Pero esto no es un chiste. Es absolutamente cierto y espero no tener que de demostrarlo con pruebas irrefutables. Espero que nadie se dé por aludido. Seré implacable entonces.

Hace muchos años - yo no había nacido aun - que un matrimonio ejemplar de dos andaluces sevillanos irreprochables, él un joven recién licenciado en Derecho de familia de universitarios muy conocidos y ella una señora de buena cuna y mejores modales, deciden salir de Andalucía para buscar fortuna. Se lían la manta a la cabeza y con sus diez apellidos andaluces  se marchan a Barcelona a crear su propia historia.

Su historia en Cataluña es ejemplar: A base de trabajo duro y esfuerzos consiguen montar un despacho en la mejor zona de la Diagonal, con cientos de clientes y amigos, vínculos en todos los estamentos de Barcelona, seriedad, confianza, bonhomía.  Crean una familia ejemplar con diez hijos todos universitarios, el mayor de Cádiz y los nueve siguientes todos catalanes, por activa y por pasiva.

Estos señores sevillanos que han hecho fortuna en Barcelona y conformado una gran familia catalana vienen todos los veranos a El Rompido a disfrutar de el paraíso terrenal y por eso yo los conozco desde que tengo uso de razón. Les debo a “los catalanes” a JL y a M (los padres) tanto cariño y tanto amor que me han dado, que nunca los olvidaré. Sus hijos son mis amigos y forman parte de mi familia, tengo sobrinos catalanes de esta reata, sangre de mi sangre… para ir aclarando conceptos.

En los años setenta cuando llegaban los catalanes a El Rompido era una extraordinaria noticia. Aparecían con sus coches americanos y barcos enormes, sus lanchas rápidas con los motores fueraborda, los barcos de vela, las fiestas cada noche, las comilonas siempre invitados por JL el patriarca, las tardes de esquí náutico… nos hacían sentirnos importantes a todos los veraneantes (escasos) y creamos fuertes lazos de amistad con sus hijos, que afortunadamente mantenemos.

La mayor de la hijas y el ojito derecho del padre se llama por ejemplo Mayte. Muy catalana en el buen sentido de la palabra, reservada, tímida, inteligente, atractiva, buena estudiante -como todos sus hermanos mayores que son ingenieros y arquitectos-, algo distante pero con simpatía en las distancias cortas. Estudiante en la Facultad de Derecho. Un primor.

Y un verano apareció el novio de Mayte. Le llamaremos, por ejemplo, Arturo (nombre muy catalán, por eso). Contaban entonces que el pobre de Arturo -con diez apellidos catalanes- era un defenestrado de su familia barcelonesa (muy seny) y que andaba perdido y sin dinero para estudiar. La familia “charnega” sevillana al enterarse de su situación le dio cobijo domestico, le pagó los estudios de la Universidad de Derecho de Barcelona,  también varios masteres y todo el apoyo económico que precisó el aparentemente bueno de Arturo, siempre de la mano de su inseparable Mayte (... yo no te olvido y nuca nunca te he de olvidar...)

En verano, cuando llegaban a El Rompido no se movía un varal sin que Arturito diera el visto bueno. Para pescar, para ir a bañarse o para esquiar, siempre tenía que estar el imprescindible Arturo en primera línea de fotogénesis. Un avispado.

Yo asistí a esa boda. Por todo lo alto. Las mejores familias catalanas y un convite estratosférico en la mansión de los padres de Mayte. Me lo pasé bomba a mis diecinueve años, era feliz e indocumentado y conocí a las vedetes de El Molino…

Por supuesto que en cuanto ambos terminaron sus estudios de Derecho se incorporaron al despacho familiar como trabajadores a tiempo completo. Mayte y Arturo tenían un futuro prometedor en el despacho de abogados de JL, el padre de Mayte, despacho gestado a pulmón durante muchos años de esfuerzo y de penalidades por un sevillano honrado y trabajador. Pero...

Me imagino que ya saben ustedes como acaba este cuento, ¿verdad?

Que cada cual se imagine lo que quiera, pero los protagonistas auténticos lo saben de sobra y lo sufrieron en sus carnes.

Y aquellos polvos de abnegados trabajadores andaluces nos traen hoy estos lodos de sinverguenzas con balcones estelados...

PD: Detergente GIOR: ¡ Un poco de pasta basta !

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