Extracto del articulo que escribí el XXV aniversario de mi pertenencia a la Hermandad del Rocío de Triana y fue publicado en el boletín de Diciembre de 2003.
“Este años se han cumplido veinticinco años de mi pertenezca a la Hermandad. Cuando recibí la notificación el pasado mes de octubre, no le dí mucha importancia, pensé: ¡como pasan los años! Pero días después empecé a recapacitar y me pregunté que sentido ha tenido este hecho para mi, que nunca he sido capillita, ni pertenezco a ninguna otra Cofradía.
Desde niño los Jesuitas me enseñaron a comunicarme con Dios a través de la Virgen y en aquellos tiempos le rezaba –sobre todo en época de exámenes- a una imagen de la Inmaculada que estaba en la capilla del Colegio Portaceli; era mi Virgen.
En mi casa había tradición rociera, pues mi padre había ido al Rocío desde pequeño, había sido Hermano Mayor de Gines, y las estampas y medallas de la Virgen del Rocío siempre andaban por los cajones de mi casa, por las guanteras de los coches o colgados de los espejos retrovisores, pero nunca nos dejó ir con el ni le gustaba que habláramos de ir al Rocío (la verdad es que siempre coincidía en época de exámenes).
En 1975, ya con 19 años y estudiando Medicina, ayudado por mi tío Joaquín, mi padre accedió a que fuera por primera vez. Mi primer camino lo hice a caballo desde la dehesa de Los Cerros en Aznalcazar con mis prímos Joaquín, Pilar, Pastora, Martín, Fernando y Rocío, que era una micurria y montaba un pony. Ese día vi por primera vez a los Simpecados en carretas tiradas por bueyes, a los caballistas y peregrinos andando por diferentes senderos que todos llevaban la misma dirección: La Ermita de la Virgen del Rocío.
Viendo esas caras de alegría, escuchando mil sevillanas dedicadas a la Virgen, participando de la hermandad de todos los que nos ofrecían agua o vino y compartían todo lo que llevaban, observando la devoción que sentían por esa Virgen, empecé a notar una inquietud extraña, una curiosidad por conocer más profundamente y sentir aquellas sensaciones que descubría en los demás y tanta envidia me daba.
Llegamos a la aldea de noche y cuando entré en la Ermita por primera vez, cansado, lleno de polvo, empecé a sentir “aquello” que había percibido: la Virgen rodeada de flores, alumbrada por cirios y velas, un rumor de oraciones, las caras de la gente cuando La miraban, el llanto y a la vez alegría, la devoción pura y verdadera…
Yo que tantas misas había oído “a la fuerza” en mi vida sentí que me gustaba estar allí, que estaba feliz allí, de pie, dolorido de cabalgar, mirando embobado a esa Virgen del Rocío de la que me había hecho cómplice rapidamente y con la que enseguida empecé a hablar y a contarle mis cosas, a pedirle favores, a darle gracias, a rezarle.
Recuerdo esos primeros Rocíos que pasé con tío Joaquín en la casa de la Boca del Lobo como los mas bonitos de mi vida. Todos los días salíamos a caballo hasta Palacio y entrábamos en la aldea con distintas Hermandades. ¡Cuantas emociones fueron empapando mi alma al ver la alegría y devoción de los peregrinos al llegar llevando su Simpecado a presentarlo a la Virgen!
Entonces ponían en el Ajolí unos tenderetes de promoción de vinos. Mi tío conocía a todo el mundo: camareros, carreteros, coheteros, tamborileros, artistas… a todos los invitaba a casa. Tenía una habilidad especial para las bromas, para convencer a la gente que hiciera cosas absurdas… podría escribir un libro de anécdotas. Por la noche la Boca del Lobo era una locura, una mezcla de gentes disparatadas y juerga continua… ¡Que años más bonitos!
Fue en 1978, estaba recién casado, cuando un día hablando con mi cuñado Enrique Sequeiros Madueño y con su amigo Julio León, este me habló de la Hermandad del Rocío de Triana, de su camino y de sus gentes. Julio me presentó como hermano, desde aquí le mando mi más sincero agradecimiento ¡Que gran favor me hizo!
A partir de entonces empecé a hacer el camino con Triana. Las primeras veces, como hemos hecho todos: un viejo Land-Rover, una tienda de campaña que ninguno sabía montar, una guitarra, tortas de aceite que nunca aparecen por la mañana… y “palante” por esos caminos con mis primos Manuel Diego y Arturo y muchos amigos. Andando por las veredas he tenido la suerte de conocer a muchas buenas gentes y hacer grandes amistades. Con todos he compartido pan y vino, sol durante el día y frío por la noche, delante de nuestra Carreta escuchando Arturo, a Rafa Almarcha, a Luis Mejía, al Soto, como se le reza a la Virgen cantando… ¡que suerte y a la vez que envidia no poder rezarle así a Ella!
De todos los caminos que recuerdo con más cariño son los que he hecho de promesa “sin beber”, andando junto a la Carreta disfrutando siempre de la de la presencia de la Virgen y de la compañía de los peregrinos. Dormir al relente, una noche de estrellas, mirando las luces de nuestra Carreta, escuchando cantar como se le canta al Simpecado de Triana… ¡Me entran ganas de volver a hacerlo!
Durante estos años, sin darme cuenta, la Virgen del Rocío ha ido formando mas parte de mi vida y de mi familia. Desde que soy hermano llevo una pequeña medalla colgada del cuello. Ella sabe cuantas veces la toco al día, para pedirle perdón por algo, para hacerla copiloto de mis hijos cuando van en la moto o en el coche, para que le eche un cable a alguno de mis pacientes más malitos, para darle las gracias por todo lo que tengo, para darle un beso cuando estoy en mi cama todas las noches antes de dormirme…
En mis muchos viajes por carretera desde Sevilla a El Rompido, de vez en cuando me desvío un poquito para mirarla a la Cara. Siempre me alegro de Verla.”
¡Viva la Virgen del Rocío!