EL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA
Otro embuste muy gordo es el referente a todo lo que nos han contado de Cristobal Colon supuesto descubridor de America.
Este pájaro de cuenta era un “enterao” que tenía que tener mucha labia y sobre todo le gustaba una barbaridad la pasta, no la italiana, sino la pasta gansa, el jurdó, la panoja, lo que es la morterada vamos ¡como si fura un vulgar directivo de Mercasevilla!… Estoy completamente convencido que era catalán.
Por aquél tiempo como más dinero se ganaba era intermediando con la compra y venta de oro, metales preciosos, especias y sedas que llegaban desde los lejanos países del este, “las Indias Orientales”, es decir de las actuales India, Asia y quizá de Japón. Los envidiados eran unos comerciantes de aquellas tierras que llegaban hasta Europa después de muchas travesías de navegación y caravanas interminables con los “géneros” ya muy escasos, después de pasar por Italia, y muy sobrevalorados. A España no llegaba casi nada.
El viaje por tierra se antojaba imposible y además los portugueses estaban decididos y dedicados a encontrar una ruta de navegación hasta aquellas tierras remotas navegando hacia levante (Oriente) dando la vuelta por el continente africano, pero para eso había que atravesar el cabo hoy llamado de Buena Esperanza y los barcos no daban más de sí… no era una buena ruta.
Don Cristóbal que era listo como el hambre, se fue primero a Portugal a pedir créditos para una expedición formal en busca de lo que el pensaba muy fácil: navegar hacia Poniente y llegar a las Indias (Asia) del tirón, sin tener que pasar por África. Los lusos no lo vieron claro y lo mandaron a freír espárragos.
De modo que don Colón coge y se liga a unos pocos de frailes y consejeros de la Reina Isabel de Castilla, la cual accede y tiene una reunión con él. Tratante y comerciante como era (además de cursi y escardado de peluquería barata), le cuenta el cuento de “las Indias Orientales” que piensa encontrar -antes que los vecinos portugueses- navegando hacia Occidente, y la convence de encontrar una ruta nueva hasta Cipango (ahora Japón), le promete también el oro y el moro (nunca mejor dicho), un tesoro en cada esquina y le augura cienes y cienes de dineros para las arcas del Reino de Castilla, que ¡mira por donde! estaba completamente tieso.
Nuestra reina Católica, más lista que el hambre, le hace firmar a don Cristóbal unas Capitulaciones en Santa Fé (Granada) para que el catalán no se quede con todo “los géneros” que fuere capaz de embarcar y regresar. De todas maneras el pollo se hace nombrar “Almirante” de la flota, “Governante” con el título de “Virrey” de los territorios ocupados y además se queda con el diez por ciento de todo lo que sea capaz de traer, “ el diezmo”.
El no buscaba “descubrir” un nuevo continente, no era un geógrafo ni un naturalista, no era un visionario ni un idealista, era un comisionista, un intermediario, un codicioso comerciante que solo pensaba ponerse rico cuanto antes… y por eso se embarcó en esta aventura.
Es así que el catalán Cristóbal Colón, con naves y tripulación sufragadas por la Corona de Castilla y como asalariado del Reino, parte desde el Puerto de Palos (yo estoy seguro que salió desde El Rompido, sin bromas) camino de “las Indias”… Todos estaban convencidos que la tierra a donde llegarían navegando con esos rumbos eran las mismas Indias de donde llegaban los portugueses con las maravillas envidiadas: oro, plata, sedas, especias…
Sale a navegar y navega con buen rumbo porque lleva los mejores marinos del mundo: ¡marineros de Huelva! Martín Alonso Pinzón y sus hermanos, primos y amigos eran los pilotos y capitanes. Cristóbal Colon, agotado y ya apunto de darse la vuelta, se encontró de casualidad con unas tierras que el pensaba que eran “las Indias”, es decir, el continente asiático. Por ese motivo a los indígenas les llamaron y les llamamos desde entonces “los indios”, ya sea en America del Norte o en America del Sur.
Cuando este aventurero ladrón llegó a un continente nuevo para el, pero no desconocido, pues era un rico vergel donde se desarrollaron culturas tan importantísimas como los Aztecas, Los Mayas, Los Incas… Los Apaches, Los Siux, Los Comanches; RinTinTIn; el Cabo Rusty… era un territorio previamente conocido y navegado por otras culturas: polinesios, australes, viquingos, etc, todas ellos muy respetuosos con sus indígenas, con sus usos y costumbres, con sus tradiciones ancestrales.
Pero llegó don Cristobal y se bajó del barco, se hincó de rodillas (seguramente para remojarse los cataplines), enarboló la bandera de Castillas, el pendón del Reino, La Cruz, los papeles de Hacienda, los impresos de hipotecas…
Tuvo un momento de duda cuando se percató de lo a gusto que estaban los que allí vivían, sin disgustos ni politiqueos, sin envidias, sin guerras… pero observó que tenían en las orejas unos aretes de oro como pulseras de gitana. Sacó la calculadora catalana y empezó a echar cuentas, se volvió majareta y empezó a “conquistar” a troche y moche. Es decir a robar, expoliar, “bautizar”, “convertir”, etc, etc, hasta que llenó los barcos del botín (Botin…) y se vino a España a alardear de lo mangado. (¿Se crearía entonces el Banco de Santander?)
La Reina tragó y se hizo cómplice del expolio porque le hacía mucha falta la panoja, pero como sería la poca vergüenza del catalán Colon que tras cuatro viajes empezó a traficar con los “indios” vendiendolos como esclavos y la Corona tuvo que mandar que lo cogieran preso y se lo trajeran.
Era tan embustero que nunca dejó dicho donde nació. Está enterrado al menos que yo sepa en cinco tumbas distintas en países diferentes. En la Catedral de Sevilla tiene una tumba espectacular, que seguro que está vacía. Un prenda.
Así se escribe la Historia.
Un mojón para Cristobal Colón.


